sábado, enero 09, 2016

Sistema de salud para dummies

Estoy en medio de un vagón del metro y saco mi celular para ver la si llegaba a tiempo a la cita con el doctor que me arreglaría el madrazo que me di en el gimnasio gracias a un desmayo provocado por el bajo nivel de azúcar que tenía en la sangre.

Así que no sabía por donde empezar y se me ocurrió llamar al programa Libra de Banamex para que me diera unas opciones viables para ver a un especialista con un descuento considerable. Me asignó a un doctor en el Hospital Ángeles que se ubica en Avenida Chapultepec.

Tras pasar algunos momentos íntimos en el espejo tratando de descifrar la nueva estructura de mi nariz, contaba los minutos para poder enfrentar a esa persona que me dejaría igual que antes, o por lo menos, de manera reconocible.

Tomé el metro para poder evitar el tráfico de la tarde y mi entras sacaba mi celular, un par de jóvenes empezaron a platicar sobre el consumismo de las masas. "Es increíble que hace años entre más chico era el celular era mejor y ahora las élites sacan los celulares más grandes".

NarizPara desgracia no me podía mover de lugar y después de escuchar en análisis profundo de los alumnos Pumas de Filosofía y Letras, no me quedó otra más que quedarme callado y seguir por el rumbo que me traería mi salvación nasal.

Llegué al consultorio del otorrino en tiempo y con un juego de placas de Rayos X en donde se puede observar una fractura en mi nariz. Tras esperar unos 10 minutos pasé con el galeno reconocido.

Tras hacerme un breve cuestionario de 1856 preguntas sobre mi historial clínico que después pasaría a alguna aseguradora me echó un rollo mareador sobre lo peligroso que son las alergias y que me debía de cuidar. Más de 60 minutos de rollo mareador.

Después revisó mi nariz y constató que en efecto está rota y que lo mejor es que me opere cuanto antes, para evitar que el hueso y los tejidos hagan una mal formación más fuerte.

- ¿Qué seguro manejas?
- Ninguno
- ¿Cómo, no vienes por parte de una aseguradora?

El médico dejó atrás su juramento hipocrático y sacó el administrador y después de hacer una serie de sumas y restas llegó a la conclusión de que arreglar mi nariz tendría un costo de alrededor de los 64 mil pesos.

En ese momento el doctor siguió hablando pero el dolor de mi nariz, se juntó con la escasez de mi cartera y la frustración de no poder darle una pronta solución a mi problema.
Salí del consultorio con el ánimo desmoralizado, mis placas y un boleto del metro para regresar a casa para terminar de trabajar.

Al subir en el metro saqué mi celular y recordé la plática de los alumnos de la UNAM y comencé a sonreír.

"Estos idiotas pensaron que yo era la elite. Ojala salieran de Ciudad Universitaria para que conocieran los precios que cobran para tener salud".

martes, diciembre 01, 2015

Una vida sin azúcar

Trama pasar un día de semihueva en el sillón preferido del departamento viendo películas y programas gringos gracias a mi #Roku querido, me entró el cargo de conciencia y en la mañana me levanté para gastar las calorías que había ganado el fin de semana (A pesar de brincar como chapulín en el magnífico concierto que dio Pearl Jam en el Foro Sol de la Ciudad de México).

Así que viajé al gimnasio cercano a la redacción y comencé mi rutina con más determinación que un Rocky animado lleno de cocaína. El sudor comenzó a ser abundante a pesar de no tener calor y los corajes eran por que alguien estaba utilizando los aparatos para ponerme mega mamado.

Al terminar mi rutina me subí a la caminadora con la firme convicción de que me acabaría 5 kilómetros para empezar el mes de Diciembre con el pie derecho, pero algo en mi interior comenzó a cambiar de manera drástica así que a los 700 metros pensé en desistir, pero la casta me dijo que debía seguir.

Pero al kilómetro completado mis fuerzas menguaron de manera súbita y fue cuando entré en conversación con "mimismo": la persona que mejor me cae y con la que habló cuando tengo la mierda hasta el cuello.

El consejo que me dio "mimismo" fue sencillo: siéntate donde puedas y deja que tus reservas de azúcar se recuperen y te hagan un paro. Así que obedecí mi consejo pero mi cuerpo se negó a recoger las energías del depósito ya que estas estaban en números rojos.

De pronto recordé que en la maleta tenía unos dulces que bien me podían hacer un paro para estos momentos de emergencia, así que subí las escaleras hacia los vestidores.

Al entrar sólo pude sentir la humedad mientras la vista se iba opacando gracias a los fosfenos que indicaban que mi sistema operativo comenzaba a cerrarse debido a la falta de emergencia.

En un momento perdí la razón y la noción del tiempo para sólo sentir reverendo madrazo en la nariz que me llevó a recordar los guamazos que uno se daba en la puerta cuando era un escuincle caguengue.

No sé cuanto tiempo pasó en mi desmayo pero sólo pude ver a un tipo mega mamado y con el torso desnudo encima de mi. Lo primero que pensé fue: este ya me dio violín mientras me caía como Pacquiao ante Manuel Márquez.

El alivio lo sentí cuando vi que mi short estaba en mi cintura, pero eso cambió cuando vi sangre en mi mano producto del santo madrazo que me propiné a tan sólo 6 pasos de la ansiada bolsita de dulces.

Por fin llegaron los entrenadores con su botiquín de primeros auxilios y trataron de curarme con la gracia que tiene un albañil para aventar mezcla en la pared.

Después de unos minutos de recuperación y de soportar las miradas de las réplicas del David del Miguel Ángel versión Botero, entre a bañarme y salí con paso de borracho a media de posada rumbo al ponche.

Tomé el celular y puse la cámara frontal para tratar de ver el madrazo. Vi mi nariz hinchada y con dos costras. Como cuando a Rocky le iba mal.

"Mimismo" salió otra vez de mi consciente inconsistente y me dice: somos los primeros que salimos así de madreados. Muy hábil me contesté: y eso que aquí no dan clases de Kick Boxing.





jueves, octubre 29, 2015

Entre más panza más hombría

Los cambios a los que voluntariamente me he sometido en las últimas semanas han hecho que empiece a comer compulsivamente y mi cintura lo resiente. Los pantalones cada vez son más chicos cada día y mi colchón que se esfuerza cada día, más y más, por tener la fama de “indeformable”.

Estando en el baño me observé en el espejo y pude ver como en unas simples semanas pasé de ser un adonis británico a un remedo de embutido mal empacado y condenado por la OMS. Algo así como Martha Figueroa pero en versión beta.

Un día estaba en un puesto de quesadillas y dije: Jorge, eres muy joven para que termines como el "Teletubbie" de la familia. Debes cambiar tus hábitos. Dejé la quesadilla y sonreí.

Así que la solución fue meterme en el gimnasio de gama baja que tiene el Grupo Martí para comenzar a esculpir una broma superior al David de Miguel Ángel. Así que tomé mi maleta de albañil y comencé a asistir a la iglesia menor del “depoteísmo”, en donde me recibió un tipo con aspecto de GAFE amargado. Para colmo su nombre era Jorge.

Los primeros días comencé por tomar algo de ritmo y a agarrarle la onda a la máquina elíptica: aparato que no importa cuán masculino te sientas, al final terminas como coristo borracho de Juan Gabriel.

Pero hoy me tocó trabajar los músculos casi inexistentes de mis brazos. Un par de triatletas venezolanos se me acercaron para poder intercambiar los aparatos para trabajar bicep y tricep. Yo acepté muy seguro y confiado.

Oh error.


 Mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para hacer repeticiones con 4 barritas de metal, los dos changos más mamados que había enviado Nicolás Maduro a intimidar a impetuosos connacionales,  levantaban 4 veces el peso como si fuera una caja de Kleenex.

Mientras trabaja en las repeticiones de cada aparato y veía la diferencia de peso de mis sudacas, comencé a sentir como mi pene se hacía cada vez más pequeño hasta que me salieron alas para terminar como un eunuco celestial.

Como si fuera poco, un grupo de mujeres con actitud de "Femme Fatale" me veían como si fuera un niño de Biafra mientras se esforzaban por tener unos glúteos grandes y firmes.
Para recuperar un poco mi hombría, terminé corriendo en la caminadora escuchando a The Black Keys y la playera empapada.

Subí a las regaderas y había 3 tipos con secadora en mano tratando de dejar sus pelos de chayote silvestre como copete de Ricky Martin después de un entre con dos cubanos. La paradoja es que en el baño de mujeres no se escuchaba ni una secadora de cabello.

Salí del gimnasio de gama media y caminé por la calle con el ego destruido y con un hambre atroz. Seguí caminando hasta que me encontré con la señora de las quesadillas. Me preguntó que si quería la misma quesadilla de chicharrón. Afirmé con la cabeza.

-          Esa es la que comen los hombres – dijo la quesadillera.

Tras empacármela con dos cucharadas de salsa roja y limpiarme con un cuadro de papel de estraza, mi hombría volvió mientras las chicas siguen tratando de reafirmar esos glúteos.

CDT

La próxima semana comienza la celebración de día de muertos y con ello siento que ya se me acabó el año, por lo que empieza una espira descendente hasta las fiestas decembrinas que hacen que todo, absolutamente todo, se rompa. Sobretodo la dieta.

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domingo, julio 19, 2015

Un poste digno de confianza

Mi dedo se estira para apretar el botón que ordenará al elevador a llegar al piso 4 de la redacción. Cuando las puertas cromadas se abren después de 30 larguísimos segundos, entro al cubículo de espejos. Cierro los ojos para escuchar como truenan los huesos de mis vértebras al inclinar de más la cabeza.

Por fin llego a la sucia y oscura planta baja en donde registrarán mi mochila para verificar mi honestidad corporativa, para después echarme a una calle mojada llena de mugre, orines y grasa de que arrojan los insalubres puestos de comida.

Esta parte de la ciudad es oscura gracias a que el Jefe de Gobierno se le ocurrió bajar el switch para dejar que las sombras se comieran a las docenas de indigentes que buscan un refugio que pueda ser más confortable que una casa de interés social.

En medio de esos méndigos mendigos había uno que apestaba a orines a metros de distancia. El oloroso indigente se paró en medio de un charco y se puso a platicar con un poste hasta que llegó a las lágrimas. Lo abrazó como se abraza a una persona en momentos de quiebre.

Tras observarlo unos momentos dejó intempestivamente su conversación y se dirigió a la otra esquina para platicar tímidamente con el otro poste. Como si apenas lo conociera.

Una foto publicada por Jorge González Correa (@correarules) el
Al estar de metiche con el amigo de todos los postes, se me acercó una joven de ojos grandes y dientes poco ordenados. Los primero que me preguntó era si estaba dispuesto a casarme con ella.

Mientras trataba de ver sus dientes Montessori, pensé por unos segundos si me casaría con ella. Si estaría dispuesto a casarme con una persona que no conocía y que me ofrecía algo tan íntimo a media calle húmeda.

Tras darle una respuesta que pareciera lo suficientemente innovadora y razonada para evitar una mala reputación, me di cuenta que esa pregunta siempre me ha puesto en jaque. Tantas veces me han hecho que me formule esa pregunta o su escenario similar y la mayoría de las veces he salido por la puerta de atrás abucheado por el respetable.

Pero recordé una vez en la que me esforcé por tratar de responder a esa pregunta de la mejor manera que conocía: dando respuestas totalmente honestas.

El resultado de esa puesta en escena fue una producción que prometía pero que, por cuestiones de logística y de mercado, terminó quebrando a pesar de los momentos inigualables que se vivieron.

Los recuerdos, las palabras y los pocos vestigios que quedan en el internet como testigos protegidos del amor que no fue, llenaron mi cabeza y la pantalla de mi teléfono inteligente. Al recordar datos, palabras y escritos en estados de Facebook hicieron que mis 12 millones de neuronas hicieran un viaje al pasado.

De repente ordené las oraciones en mente que le daban sentido a la historia de esa relación. Desde el odioso “I need a nap” hasta el “Bendita tu luz”.

Todo ese torrente de recuerdos y sensaciones pasadas me hicieron parar en un charco que está en medio de la calle que conduce a mi departamento. Al levantar la vista vi un poste con el faro apagado. Busqué inútilmente la luna que se ocultaba en las gruesas nubes del verano chilango.

Así que me recargué en un auto que estaba lleno de  gotas de agua. Pensé en lo afortunado que fui al tener la esperanza que años atrás había una persona que, al igual que yo, nos ayudábamos de una esperanza para seguir adelante.

Así que miré hacia el charco y sonreí al entender al méndigo mendigo que hablaba con los postes del Centro Histórico. Él no tiene quien le llame por Skype pero necesita tener la esperanza en algo que le permita, al menos por esta noche húmeda y fría, sentir que no está sólo y seguir adelante.

Al poco rato de estar reflexionando sentí como se humedecía mi ropa. Caminé al mí desordenado hogar y busqué las llaves para abrir la vieja puerta de madera. Moví mi cuello para descansar y volvió a tronar.

Es tiempo de apagar la luz. Tal y como lo hicieron para ocultar a los indigentes.

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